El doctor Capo temblaba, estaba claro que toda la cuestión no era por su culo. Que se trataba del culo de la cultura occidental. Un esfínter tejido de aceros y preámbulos. Un gran culo universal bajo cuyos caprichos se organiza (creo haber entendido todo perfectamente) la famosa dialéctica “humana” dicen, del dar y recibir. Del tener y no tener. El doctor Capo verdaderamente emocionado dijo:
-Creo haber entendido todo. El experimento conmigo es que yo conviva entre dos fuegos. Partiendo del orgasmo llegar hasta la muerte. Partiendo de la muerte llegar hasta el orgasmo. Rechazo entonces mi solicitud de una charla a solas con Aurora y pido que se me permita compartir por un tiempo la misma habitación, con Ella, Aurora la profesional del orgasmo y la bella y pequeña señorita Omega, la profesional de la muerte.
Acepto ser el Tupac Amaru del siglo veinte, acepto ser el símbolo del descuartizamiento final, entonces deben saber señores que yo, tengo que ser el presidente.
Un viaje, un largo viaje alrededor de la muerte y la locura.
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martes, 16 de junio de 2009
martes, 20 de enero de 2009
INTENTO NUMERO TREINTA Y CUATRO
La amistad y el amor me decían son más universales que ciertas ideas, o mejor dicho que cualquier idea. Porque yo amaba a esos pequeños monstruos desesperados de libertad, con la misma intensidad con la que había amado a mi madre y a mis compañeritas del colegio primario. Estaba claro que el amor era un sentimiento que podía surgir en el hombre sin que éste pronunciara ninguna palabra. Ya había jurisprudencia sentada, de ciertos problemas que ciertos estados habían tenido durante las guerras ya que a veces su mejores soldados se enamoraban del enemigo.
De golpe sentí que comenzaba a comprender el plan. Ellas tratarían después de aprender conmigo cómo tenían que vivir sobre la tierra para no ser descubiertas, enamorar a los poderosos como habían hecho conmigo, porque yo estaba enamorado. Ya prácticamente no dormía, y recordando ciertas prácticas con animales domésticos y pequeños niños, comencé a llamarlas a cada una por un nombre distinto, y a tantas llamaba, como me era posible recordar. Esto, si bien trajo aparejado un poco de orden, ya que ellas obedecían al nombre que yo les otorgaba, creó asimismo el problema que si yo no nombraba, ella no existía. La dependencia de mí era casi irracional. Comencé a imaginarme entonces ¿cuál sería mi dependencia?
Etiquetas:
"intentos autobiográficos",
amor,
guerras,
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sexo
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